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lunes, 21 de agosto de 2017

SECRETO, TANGO DE ENRIQUE SANTOS DISCEPOLO

Quien sos, que no puedo salvarme
muñeca maldita, castigo de Dios...
Ventarrón que desgaja en su furia un ayer
de ternuras, de hogar y de fe...
Por vos se ha cambiado mi vida
-sagrada y sencilla como una oración-
en un bárbaro horror de problemas
que atora mis venas y enturbia mi honor.

No puedo ser más vil
ni puedo ser mejor,
vencido por tu hechizo
que trastorna mi deber...
Por vos a mi mujer
la vida he destrozao
y es pan de mis dos hijos
todo el lujo que te he dao.
No pudo reaccionar
ni puedo comprender,
perdido en la tormenta
de tu voz que me embrujó...
La seda de tu piel que me estremece
y al latir florece, con mi perdición...

Resuelto a borrar con un tiro
su sombra maldita que ya es obsesión,
he buscao en mi noche un lugar pa morir,
pero el arma se afloja en traición...
No sé si merezco este oprobio feroz,
pero en cambio he legado a saber
que es mentira que yo no me mato
pensando en mis hijos...no, lo hago por vos..

miércoles, 16 de agosto de 2017

LEJOS DE BUENOS AIRES, TANGO DE SUAREZ VILLANUEVA

Con la mueca del pesar; viejo, triste y sin valor...
Lento el paso al caminar... Voy cargando mi dolor.
Lejos de la gran ciudad que me ha visto florecer,
en las calles más extrañas siento el alma oscurecer.
Nadie observa mi final, ni le importa mi dolor...
Nadie quiere mi amistad, ¡sólo estoy con mi amargor!
Y así vago sin cesar desde el día que llegué
cuando en pos de un sueño loco todo, todo abandoné...

Y andando sin destino de pronto reaccioné
al escuchar de un disco el tango aquel:
"Mozo traiga otra copa" -que lo cantaba Carlos Gardel.
Y al escucharlo recordé todo el pasado,
los años mozos tan felices que pasé...
Mi viejecita, la barra amiga...
la noviecita que abandoné...
¡Tango que trae recuerdos!
¡Mi Buenos Aires... quiero volver!

Buenos Aires, mi ciudad... ¡cuánto extraño tu emoción!
Hoy que vuelvo a recordar se me parte el corazón...
¡Cómo pude yo dejar, cómo pude abandonar!,
el calor de aquella tierra que me dio ternura y paz.
La casita paternal que me vio feliz crecer,
mi amorcito pasional y la barra del café;
todo vuelve a resurgir en la dulce evocación
y al pensar lo que he dejado
se me escapa un lagrimón.

Por eso, emocionado me ha hecho estremecer
al escuchar de un disco el tango aquel:
"Mozo traiga otra copa" -que lo cantaba Carlos Gardel.
Y al escucharlo recordé todo el pasado,
los años mozos tan felices que pasé...
Mi viejecita, la barra amiga...
la noviecita que abandoné...
¡Tango que trae recuerdos!
¡Mi Buenos Aires... quiero volver!


martes, 15 de agosto de 2017

MALANDRACA, TANGO DE OSVALDO PUGLIESE

u padre, Adolfo, obrero del calzado, intervenía como flautista aficionado en cuartetos de barrio que cultivaban el tango. Dos hermanos mayores tocaban violín: Adolfo Salvador Vicente (Fito), y Alberto Roque, más consecuente que el primero y por muchos años ligado a la música. A Osvaldo fue el padre quien le impartió las primeras lecciones de solfeo, y comenzó a balbucear con el violín también, pero pronto se inclinó por el piano, aunque don Adolfo tardó cierto tiempo en comprar el costoso instrumento. Tras formarse en conservatorios de la vecindad, a la edad de 15 años se inició profesionalmente en el llamado Café de La Chancha, así bautizado por los parroquianos en alusión a la poca higiene del dueño.

Poco después, ya en un conocido café del Centro de Buenos Aires, integró el conjunto de la primera mujer bandoneonista que tuvo el tango, Paquita Bernardo. Ascendiendo en su carrera, Osvaldo se incorporó al cuarteto de Enrique Pollet, luego a la famosa orquesta de Roberto Firpo, y en 1927 ya era pianista de la orquesta del gran bandoneonista Pedro Maffia, de la que se desvinculó, junto al violinista Elvino Vardaro, para formar un conjunto a nombre de ambos, que se sabe fue de avanzada, pero del cual no han quedado grabaciones.

Vardaro-Pugliese debutaron en el café Nacional, para emprender luego una extensa gira por el interior del país. Los acompañaba como representante–gerente el poeta Eduardo Moreno, autor de la letra del tango “Recuerdo”, el más célebre de los firmados por Pugliese, y también, propuesta por Moreno, la cancionista Malena de Toledo. La gira fue un fracaso económico, y Vardaro debió empeñar su arco Sartoris para pagar los pasajes de regreso.

Pugliese se asoció luego con otro violinista, Alfredo Gobbi, formando un conjunto, uno de cuyos bandeonistas era el jovencísimo Aníbal Troilo. Aquello duró pocos meses, tras lo cual formó su primer elenco propio al lograr la oportunidad de actuar en un par de locales. Posteriormente integró dos dúos, primero con Gobbi y luego con Vardaro, para actuar en emisoras de radio. En 1934, cuando el bandoneonista Pedro Laurenz —ex De Caro, como Maffia— formó orquesta, Pugliese ocupó el piano, ocasión en que escribió los primeros arreglos sobre un par de tangos, entre ellos “La beba”, que le pertenece. En 1936, integró el conjunto del bandoneonista Miguel Caló, aún enrolado en la tendencia decareana, y de esta manera fue encauzando sus ideas estéticas sobre el tango. Hasta 1938 formó Pugliese nuevas agrupaciones que no se consolidaron, e intentó sin éxito estructurar una cooperativa de trabajo, como expresión de sus ideas comunistas.

Su definitiva proyección hacia el tango que pretendía se inició el 11 de agosto de 1939, al presentarse de nuevo en el café Nacional. Amadeo Mandarino era el cantor de su debutante orquesta. Luego de un tiempo rearmó el conjunto, ya con Augusto Gauthier como vocalista. Pugliese era director, pianista y arreglador de ese conjunto, que, esa vez sí, funcionaba como una cooperativa. Desde un café del barrio de Villa Crespo saltaron a la radio más importante del momento, El Mundo, gestándose una importante hinchada que los seguía, compuesta por fanáticos de su estilo y adeptos al Partido Comunista.

La continuidad en la labor le permitió afianzar su concepción, apoyado en el aporte de compañeros suyos como el contrabajista Aniceto Rossi, tan importante para darle el sentido rítmico que necesitaba. Fundamental fue el bandoneón de Osvaldo Ruggiero, quien permaneció junto a Pugliese hasta 1968, profundamente consustanciado con el director. Y otro tanto puede decirse del violinista Enrique Camerano, nacido —dijo alguien— para tocar con Pugliese. Este se afirmaba como el más fiel exponente del estilo decareano, pero con una rotunda marcación rítmica, atractiva para el bailarín sin por ello sacrificar calidad.

De suma importancia, para cuando su orquesta llegó al disco en 1943, fue la aparición de Roberto Chanel, cantor recio, de voz nasal y estilo compadrito que dejó 31 grabaciones. Buscando un vocalista contrastante, Pugliese incorporó luego a Alberto Morán, dramático y sensual, de rara aptitud para la media voz y perfecto acople con el acompañamiento orquestal. Su atractivo para las mujeres no fue igualado por ningún otro cantor. Quedaron de Morán 48 obras grabadas. Apenas 8 registró a su vez, entre 1949 y 1950, Jorge Vidal, otra de las voces importantes en la historia de esta orquesta. Entre los cantores posteriores sobresalieron, aunque con repertorios de irregular calidad, Jorge Maciel y Miguel Montero.

Dentro de la década del '40, Pugliese grabó algunos temas instrumentales propios con los que se anticipó a la vanguardia. Es el caso de “La yumba” (convertido en algo así como el himno de su orquesta), “Negracha” y “Malandraca”. Por estos dos últimos se lo considera un precursor en el empleo de la síncopa y el contrapunto, adelantándose a Horacio Salgán y Astor Piazzolla. Otros importantes tangos que Pugliese escribió e interpretó son, ante todo, el mencionado “Recuerdo”, y “La beba”, “Adiós Bardi”, “Recién”, “Barro”, “Una vez” y “El encopao”.

Por años, la orquesta de Osvaldo Pugliese estuvo prohibida para la radiodifusión, como medida de censura política, pero ello no logró mermar su popularidad.


lunes, 14 de agosto de 2017

LA MUERTE DEL ANGEL, DE ASTOR PIAZZOLLA

Piazzolla no es sólo el músico de tango más célebre en el mundo, sino también un compositor cultivado por notables concertistas internacionales, conjuntos de cámara y orquestas sinfónicas. Es posible que haya llevado al tango hasta sus límites, tan lejos —estéticamente hablando— que muchos tanguistas no tuvieron capacidad de acompañarlo ni de entenderlo. A los que sí lo siguieron, y a los que vinieron después, les legó el difícil problema de sustraerse, aunque sea en parte, de su influencia y de encontrar un nuevo rumbo después de su obra. El postpiazzollismo es hasta ahora una colección de intentos, importantes algunos pero insuficientes.

Su inserción en el medio tanguero de Buenos Aires comenzó en 1938, precisamente la época en que el tango despertaba aceleradamente de su relativo letargo, iniciado alrededor de 1930. La relación de Astor Piazzolla con ese medio fue complicada, mezcla de amor y desprecio, de admiración y resquemor. Pero su lucha, que era la de un artista tan dotado como innovador, contra la mediocridad y el conservadurismo, la libró desde el interior del tango, con profundas raíces en él, tocando con orquestas ajenas o propias en palcos de café o en oscuros clubes suburbanos. Este barro ya no lo tienen en sus botas los postpiazzollanos.

A pesar de esta raigambre y de la profunda esencia tanguera de todo lo que hacía Astor, incluso cuando se trataba de otra música, desde mediados de los 50 se extendió entre sus detractores una muletilla presuntamente descalificadora: «Piazzolla no es tango», como expresión absoluta del quietismo y la intolerancia. No obstante ese antagonismo, varios tangos fueron escritos en su homenaje, uno de ellos por Julio De Caro, figura capitular del género, testimoniando la admiración que despertaba ese personaje áspero y combativo, que rompía todos los moldes.

Astor Pantaleón nació en 1921 en Mar del Plata, cuando este puerto pesquero del Atlántico, 420 kilómetros al sur de Buenos Aires, era a la vez un balneario aristocrático, aún no masivo. En 1924 pasó a vivir con sus padres en Nueva York, donde en 1929 sobrevino su encuentro con el bandoneón. En 1932 compuso su primer tango, “La catinga”, nunca difundido, e intervino como actor infantil en El día que me quieras, film cuya estrella era Carlos Gardel.

Ya de regreso en Mar del Plata, en 1936 comienza a formar parte de conjuntos locales y a conducir incluso uno que adoptaba el estilo del Sexteto Vardaro, que a partir de 1933 había intentado una audaz superación estilística, desdeñada por las grabadoras. Su líder, el violinista Elvino Vardaro, tocaría muchos años después para Piazzolla.

En 1938 llegó a Buenos Aires, donde, luego de pasar brevemente por varias orquestas, fue incorporado a la del bandoneonista Aníbal Troilo, que se había constituido en 1937 y jugó un papel trascendental en el apogeo del tango en los dos decenios siguientes. Además de bandoneón de fila, Astor fue allí arreglador y ocasional pianista, en apurado reemplazo de Orlando Goñi (o Gogni), tan brillante como incumplidor. Troilo prohijó a Piazzolla, pero también recortó su vuelo para ceñirlo a los límites de su estilo, que no debía trasponer la capacidad del oído popular.

El ímpetu renovador de Astor comenzó a desplegarse en 1944, cuando abandonó a Troilo para dirigir la orquesta que debía acompañar al cantor Francisco Fiorentino. Aquella fue la extraordinaria conjunción de un vocalista enormemente popular y un músico de talento único. Quedaron de ese binomio 24 temas grabados, con versiones descollantes (los tangos “Nos encontramos al pasar”, “Viejo ciego” y “Volvió una noche”, entre otros). La serie incluye los dos primeros instrumentales registrados por Piazzolla: los tangos “La chiflada” y “Color de rosa”.

Tras aquella experiencia inaugural, Astor lanzó su propia orquesta en 1946, todavía ajustada a los cánones tradicionales del género. Como tal se instaló desde su inicio entre las agrupaciones más avanzadas, junto a las de Horacio Salgán, Francini-Pontier, Osvaldo Pugliese, Alfredo Gobbi y el propio Troilo. Entre sus cantores sobresalió Aldo Campoamor. Hasta 1948 grabó un total de 30 temas, entre ellos versiones antológicas de tangos como “Taconeando”, “Inspiración”, “Tierra querida”, “La rayuela” o “El recodo”. Entre los registros se destacan cinco obras del propio Piazzolla, que ya anuncian —particularmente en los casos de “Pigmalión” y “Villeguita”— al genial compositor.

Este surge muy pronto en toda su hondura y originalidad con tangos de inigualada inspiración: “Para lucirse”, “Prepárense”, “Contratiempo”, “Triunfal”, “Contratiempo” y “Lo que vendrá”. Esas piezas son incorporadas al repertorio de importantes orquestas, como las de Troilo, Francini-Pontier, Osvaldo Fresedo y José Basso, muchas veces con arreglos escritos por el propio Piazzolla. Mientras tanto, su orquesta graba entre 1950 y 1951 cuatro obras, dos de ellas en un memorable disco de 78 revoluciones: los viejos tangos “Triste” y “Chiqué”.

En los primeros años 50 Piazzolla dudó entre el bandoneón y el piano, y pensó volcarse a la música clásica, en la que ya venía incursionando como compositor. Con esas ideas se trasladó en 1954 a Francia, becado por el Conservatorio de París, pero la musicóloga Nadia Boulanger lo persuadió de desarrollar su arte a partir de lo que le era más propio: el tango y el bandoneón. Allí graba en 1955, con las cuerdas de la Orquesta de la Opera de París, Martial Solal al piano y él mismo en bandoneón, 16 temas, todos suyos salvo dos. Aquello fue un nuevo torrente de asombrosa melopea, con tangos como “Nonino” (antecedente del célebre “Adiós, Nonino”, emocionada despedida a la muerte de su padre), “Marrón y azul”, “Chau París”, “Bandó”, “Picasso” y otros.

De regreso en la Argentina, Piazzolla se desplegaría en dos direcciones. Por un lado, la orquesta de bandoneón y cuerdas, con la que dio a conocer una nueva generación de tangos suyos, de actitud ya rupturista, como “Tres minutos con la realidad”, “Tango del ángel” y “Melancólico Buenos Aires”. Su repertorio incluía por entonces también tangos tradicionales releídos y otros más actuales de diferentes músicos, como “Negracha” (Pugliese), “Del bajo fondo” (José Tarantino y Osvaldo Tarantino) o “Vanguardista” (José Bragato). La orquesta contaba con el cantor Jorge Sobral, ya que Astor quería extender al tango canción su propuesta renovadora.

La otra gran empresa de Piazzolla en esa época fue la creación del Octeto Buenos Aires, en el que reunió a ejecutantes de gran nivel y con el cual subvirtió todo lo conocido en tango hasta entonces. Hay quienes juzgan a ese Octeto como el cénit artístico de toda su carrera. Aquel conjunto, que grabó sólo dos long-plays medianos, se dedicó sobre todo a reinterpretar grandes tangos tradicionales, como “El Marne”, “Los mareados”, “Mi refugio” o “Arrabal”.

En 1958, Piazzolla se estableció en Nueva York, donde vivió circunstancias muy difíciles. De aquella infeliz etapa quedó su experimento de jazz-tango, que él mismo juzgó con dureza —excesiva tal vez— por la concesión comercial que supuso. Pero al retornar a Buenos Aires en 1960 creó otro de los conjuntos fundamentales de su trayectoria: el Quinteto Nuevo Tango (bandoneón, piano, violín, guitarra eléctrica y contrabajo), que causó furor en ciertas franjas de público, entre ellas el universitario.

Esta formación, cuyos integrantes fueron cambiando con el tiempo, frecuentó un repertorio variado, que incluyó nuevos tangos del director, como “Adiós Nonino”, “Decarísimo”, “Calambre”, “Los poseídos”, “Introducción al ángel”, “Muerte del ángel”, “Revirado”, “Buenos Aires Hora cero” y “Fracanapa”, entre otros. Con la voz de Héctor De Rosas realizó notables versiones de “Milonga triste” y tangos como “Cafetín de Buenos Aires”, “Maquillaje”, “Nostalgias” y “Cuesta abajo”, entre otros.

En 1963, retornó a un fugaz Nuevo Octeto, que no alcanzó el óptimo nivel del anterior pero le permitió incorporar nuevos timbres (flauta, percusión, voz). Entre las diversas realizaciones de esos años intensos, sobresalen dos acontecimientos de 1965. Uno es el concierto que con el Quinteto ofrece en el Philarmonic Hall of New York, dando a conocer la Serie del diablo y la completada Serie del ángel, además de “La mufa”. A su vez, graba en Buenos Aires una serie de excepcionales composiciones suyas sobre poemas y textos de Jorge Luis Borges (con su mitología de cuchilleros de arrabal), con el cantor Edmundo Rivero y el actor Luis Medina Castro. Ese mismo año dio a conocer “Verano porteño”, primero de los valiosísimos tangos que conformarán las Cuatro estaciones.

Comienza luego su producción con el poeta Horacio Ferrer, con quien creó la operita María de Buenos Aires (que comprende el admirable “Fuga y misterio”) y una sucesión de tangos. En 1969 lanzaron “Balada para un loco” y “Chiquilín de Bachín”, que de pronto le proporcionaron a Piazzolla éxitos masivos, a los que no estaba habituado. Ese año los grabó por partida doble, con la cantante Amelita Baltar y con el cantor Roberto Goyeneche.

En 1972, en otro gran momento de Piazzolla y tras haber registrado el año anterior el magnífico LP Concierto para Quinteto, formó Conjunto 9, con el que grabó Música contemporánea de la ciudad de Buenos Aires, como trascendiendo la discusión sobre la tanguidad. Los álbumes que realizó ese noneto incluyen los sobresalientes “Tristezas de un Doble A”, “Vardarito” y “Onda nueve”. Tras abandonar nuevamente la Argentina, Astor inició su fructífera etapa italiana, donde entre otras obras dio a conocer “Balada para mi muerte”, con la cantante Milva, “Libertango” y la conmovedora “Suite troileana”, que escribió en 1975 bajo el impacto que le causó la noticia de la muerte de Troilo.

Tres años después compuso y grabó con orquesta una serie de obras dedicadas al campeonato mundial de fútbol, esa vez disputado en la Argentina, durante la sangrienta dictadura militar implantada en 1976, que manipuló políticamente ese torneo. Se trató de un deplorable paso en falso de Piazzolla.

En 1979, de nuevo con su quinteto, presentó “Escualo”, entre otros temas. A lo largo de aquellos años y los siguientes, Astor unió su talento al de artistas de diversos orígenes, como George Moustaki (para quien compuso los bellísimos temas “Hacer esta canción” y “La memoria”), Gerry Mulligan y Gary Burton. Entre otras variadas performances, el disco recogió una apoteótica actuación del quinteto en 1987 en el Central Park de Nueva York. La última formación de Piazzolla fue un sexteto, que sumaba un segundo bandoneón al quinteto y reemplazaba el violín por el violoncello.

Además de obras de concierto y música para cerca de 40 películas, Astor concibió numerosísimas piezas breves (tangos o no) omitidas en esta apretada reseña. Entre ellas figuran “Juan Sebastián Arolas”, “Contrabajeando” (escrito con Troilo), “Tanguísimo”, “La calle 92”, “Oblivion”, “Años de soledad”, “Los pájaros perdidos”, “Lunfardo”, “Bailongo”, “Vuelvo al sur” y la serie La camorra. Bucear en la inmensa obra de Piazzolla, encontrar partituras y arreglos o idear otros nuevos es hoy la fascinante tarea de músicos de todo el mundo.


lunes, 7 de agosto de 2017

HOMENAJE A LEOPOLDO FEDERICO CUANDO CUMPLIMOS 160.000 VISITAS A ESTE BLOG

o puedo escribir sobre Leopoldo sin evocar mi casa los sábados por la mañana cuando mi viejo leía el diario en el living escuchando música. Por allí desfilaban Charles Trenet, Bing Crosby, Carlos Gardel, Ángel Vargas, Aníbal Troilo mezclados con la Quinta Sinfonía de Beethoven, Vivaldi y Gershwin. Un día apareció un cantante que me llamó la atención, era Julio Sosa.

Gracias a papá yo había adquirido gusto por el tango, especialmente por Gardel y Edmundo Rivero y debo reconocer que esa irrupción me conmovió. No era únicamente el cantor, era todo, la música, las letras, la orquesta. Comenzaban los tiempos de la alta fidelidad y eso sonaba distinto, con otra fuerza. El viejo me explicaba que Federico era un gran músico y que eso resaltaba la labor del cantor, «Un verdadero lujo». me decía.

El tiempo le dio la razón, Leopoldo es un lujo que merece estar en la galería de los más grandes bandoneones del tango junto a Pedro Maffia, Pedro Laurenz, Ciriaco Ortiz y Troilo.

Su sensibilidad interpretativa y su obra como compositor lo distingue entre los músicos de su generación. Es sin duda, en la actualidad, el más grande y talentoso, con la humildad propia de los virtuosos tanto en la música como en la vida.

Tuve oportunidad de charlar con él un par de veces de su carrera y sus proyectos, en su despacho de la Asociación Argentina de Intérpretes (A.A.D.I.) institución de la cual es el presidente. Me contó que en sus inicios tocaba en una orquesta de barrio, que aprendió armonía con Félix Lipesker y Carlos Marcucci, que siguió estudiando con Francisco Requena y que grabó algunos tangos con la orquesta de Juan Carlos Cobián, allá por el 44.

También tuvo un paso fugaz por las orquestas de Alfredo Gobbi y Víctor D'Amario y en 1946 integra la orquesta de Osmar Maderna como primer bandoneón.

Al año siguiente, Alberto Marino forma su orquesta con la dirección del violinista Emilio Balcarce y lo invita a integrarse a la fila de bandoneones. En esos años con un único trabajo no alcanzaba y esto obliga a Leopoldo alternar con otras orquestas, Mariano Mores, Héctor Stamponi y alguna más.

Me cuenta de su breve pero provechoso paso por la orquesta de Carlos Di Sarli, que lo marcó para toda la vida. De su peregrinaje por la formaciones de Osvaldo Manzi, Lucio Demare y Horacio Salgán hasta llegar a su primer experiencia como titular junto a su amigo el pianista Atilio Stampone.

Corría el año 1952 y el cabaret Tibidabo y Radio Belgrano se llenaban de su música. El rubro Stampone-Federico contaba con los arreglos de Argentino Galván y las voces del legendario Antonio Rodríguez Lesende y Carlos Fabri. Llegan al disco ese mismo año para el sello TK con dos registros “Tierrita” y “Criolla linda”.

La década del cincuenta todavía le tenía preparadas algunas sorpresas. Es convocado en 1955 por Astor Piazzolla para reemplazar a Roberto Pansera en su mítico Octeto Buenos Aires con el que registra memorables versiones de obras antológicas del género; luego, en 1959, graba su primer disco 78 rpm dirigiendo su propia orquesta y a fines de ese año, pese a su bien ganado prestigio y su cada vez más sólida carrera, se vincula con Julio Sosa en su nueva condición de solista y deja todo para acompañarlo.

Lejos de generar un retroceso en su vida artística, la relación con Sosa lo ubica en el primer plano del espectáculo tanguero y el lo siente de ese modo cuando afirma que nunca tuvo tanta responsabilidad, tanto trabajo y tanto éxito. Grabaron 64 temas para el sello CBS Columbia. Los dos primeros: la canción “El rosal de los cerros” y el tango “Madame Ivonne” el 8 de noviembre de 1962. Los dos últimos: “Siga el corso” y “Milonga del novecientos” el 18 de noviembre de 1964.

Es indudable que el cantor uruguayo le debe mucho a este gran músico que además de darle un marco musical de excelencia, lo llevó a abordar temáticas hasta ese momento no explotadas por «El varón del tango». Así aparecieron temas románticos como “Nunca tuvo novio”, “El último café” o el recordado registro de “Que falta que me hacés”, uno de los más grandes éxitos del binomio.

Resulta muy extenso el detalle de su carrera profesional después de esta etapa, cuyo fin fuera provocado por la intempestiva muerte del cantor, pero no podemos soslayar su asociación con el guitarrista Roberto Grela en el Cuarteto San Telmo, una especie de rememoración del legendario cuarteto Troilo-Grela, pero con estilo propio. De esta unión surgieron inolvidables registros fonográficos: “Amurado”, “A la Guardia Nueva”, “El africano”, “El Pollo Ricardo”, “A San Telmo” y la excelente versión de “Danzarín”, entre otros.

Por su orquesta pasaron las voces de Carlos Gari, Roberto Ayala, Laura Esquivel, Aldo Fabré, Mariano Leyes, Carlos Alcorta y como cantantes invitados a Yoichi Suigawara de Japón y Eino Gron de Finlandia.

Su obra autoral es magnífica, con temas que me conmueven infinitamente como su “Bandola zurdo” o “Capricho otoñal” y otros que ya son clásicos como “Cabulero” que Piazzolla rebautizó “Neotango” y “Sentimental y canyengue” grabado por las orquestas de Horacio Salgán y Osvaldo Pugliese, nada menos.

También podemos mencionar: “Pájaro cantor”, “Retrato de Julio Ahumada”, “Milonguero de hoy”, “A Héctor María Artola”, “Minguito Tinguitella” con Roberto Grela, “El Polaco”, “Preludio nochero”, “Alma de tango”, “Siempre Buenos Aires”, “Diagonal gris” y “Cautivante” entre más de 50 composiciones.

Fue un hombre viajado, que tuvo permanentes invitaciones para tocar en todas partes. En Japón estuvo en los años 1976, 1985 y 1991, en Francia, en 1980, en Finlandia en 1990 y anduvo por Sudamérica actuando en Brasil en 1986, en Chile, en 1971 y en 1991, también en Colombia en 1983 y en cientos de escenarios de todo el mundo.

Que más decir de este magnífico artista que representa el mejor tango de siempre y que une a sus dotes musicales, una notable calidad humana. Simplemente recordarlo y que estamos muy agradecidos por darnos tanta música y tanta belleza.

H

sábado, 5 de agosto de 2017

CHARLEMOS, TANGO DE RUBISTEIN

¿Belgrano sesenta once?
Quisiera hablar con Renée...
¿No vive allí?... No, no corte...
¿Podría hablar con usted?
No cuelgue... La tarde es triste.
Me siento sentimental.
Renée ya sé que no existe...
Charlemos... Usted es igual...

Charlando soy feliz...
La vida es breve...
Soñemos en la gris
tarde que llueve.
Hablemos de un amor...
Seremos ella y él
y con su voz
mi angustia cruel
será más leve...
Charlemos, nada más.
Soy el cautivo
de un sueño tan fugaz
que ni lo vivo.
Charlemos, nada más,
que aquí, en mi corazón,
oyéndola siento latir
otra emoción...

¿Qué dice? ¿Tratar de vernos?
Sigamos con la ilusión...
Hablemos sin conocernos
corazón a corazón...
No puedo... No puedo verla...
Es doloroso, lo sé...
¡Cómo quisiera quererla!
Soy ciego... Perdóneme. . .


martes, 1 de agosto de 2017

ROPA BLANCA, TANGO MILONGA DE MANZI Y MALERBA

Lava la ropa, mulata,
pena y amor.
La espuma por blanca
parece algodón.
Tus manos por negras,
betún y carbón.
Lava la ropa, mulata,
pena y amor.
Me dicen que por el río
al soplo del viento sur,
se fue tu negro Fanchico
en una barquita azul.
Estás lavando y llorando,
llorando por su traición,
que es triste seguir amando
después que se fue el amor.
Me dicen que por el agua,
y que por el cañadón,
y que por la calle larga
robaron tu corazón.

Lava la ropa, mulata,
pena y amor.
Lavando y fregando
con llanto y jabón,
quítale las manchas a tu corazón,
a tu corazón.
Lava la ropa, mulata,
pena y amor.

Lavando la ropa blanca
con tus manos de tizón,
piensas en aquel pañuelo
que tu cariño bordó.
Lavando ropa en la orilla
las olas te hacen pensar
en los amores que un día
igual que vienen se van.
No llores que por el río
y al soplo del viento sur,
tal vez retorne Fanchico
en una barquita azul.

La ropa baila en el aire,
el viento la hace bailar
tus ojos tristes y grandes
sólo saben lagrimear,
ay... ay... ¡quién será que en la tarde
los hace llorar, llorar!

Lava la ropa, mulata,
pena y amor,
la espuma por blanca
parece algodón.
Tus ojos por negros,
betún y carbón.
Lavando y fregando
con llanto y jabón,
quítale las manchas
a tu corazón.